Introducción
¿Qué está mal?
Antes creaba muchas cosas creativas; no las terminaba o eran primitivas y poco interesantes para un adulto, pero hoy… hoy no puedo hacer nada.
¿Faltaba mi imaginación? La fui a buscar.
Capítulo primero: Imaginación
Comencé mi búsqueda analizando lo que ya tenía: mis obras antiguas. ¡Qué pasión! Hacía todo con tanto amor… tanto que hoy prevalece y no puedo evitar pensar en esos mundos fantásticos llenos de aventuras e historias por vivir. Me quedé pensando por horas qué personajes entrarían en esos mundos y qué cosas harían. También designé a los habitantes de esos reinos a tareas varias para sacarlos de sus zonas de confort; ¿cómo reaccionarían? Fue muy divertido, casi no sentí el paso del tiempo.
Me quedé inspirado con tanta creatividad y comencé a pensar en nuevos universos: islas llenas de lecciones por aprender, bosques con aventuras por vivir, tramas aterradoras llenas de misterio y urbes con mil y una historias por contar… Entonces pensé que mi imaginación no estaba tan dañada; quizá tenía la chispa, pero había otra cosa que fallaba. ¿Qué sería?
Capítulo segundo: Inspiración
Quizá no era mi imaginación el problema, sino que no me estaba nutriendo de suficientes fantasías como para entrenarla.
Cuando leí mis viejas historias, me inspiré a crear más, pero estaba limitado; mis historias son muy mías, no podía nutrirme de mí mismo. Entonces pensé «¿Qué me inspiró en ese momento para salir con tanta fantasía?». Después lo supe: supe que debía reencontrarme con mis fuentes de inspiración de toda la vida. Hoy me nutro de las malditas redes sociales; ¡ellas no sirven! Debía volver al pasado, donde todo parecía más simple… al menos en cuanto a mi creatividad.
Reví las series que me formaron como persona —o al menos como la persona que estaba dejando atrás y debía recuperar—, volví a leer libros viejos de cuando aún leía libros y rejugué a los juegos que jugaba cuando el internet en mi vida no existía y cada aventura era completamente íntima y personal.